viernes, 14 de mayo de 2010

¡A la burger!

Resulta increíble cómo una simple hamburguesa te puede llevar a una amplia reflexión acerca del periodismo.

Cuando descubrí Burger King, acudía con frecuencia, incluso, durante algún tiempo, iba al menos una vez por semana y me gustaba acudir a las diferentes sucursales (casi no repetía lugar), está por demás decir que probé todas las hamburguesas incluyendo las de los paquetes infantiles.

No me había dado cuenta de la gravedad del asunto hasta que, la chica que me acompañaba una vez, me dijo: “Nunca había venido a Burger King antes de conocerte”. No supe si tomarlo como un halago o sentirme culpable.

Por un lado yo conocía los daños que la fast food le causa al organismo, si se consume de manera frecuente, pero por otro ya era fan del Combo Extreme. Lo único que atiné a hacer fue prestarle el documental Super Size Me, para que ella sacara sus propias conclusiones.

Ahora voy de manera esporádica y aunque puedo criticarlos con bases (el trato que dan a sus empleados y el valor nutrimental de su comida serían muy buenos temas), también sé que en algún momento mi sentido del gusto me exigirá ir por un combo.

No se si sea algo psicológico o algo químico, pero sólo basta con darle un par de mordidas a la hamburguesa para sentirte saciado y feliz, aunque al rato ya estés igual que antes de ingerirla.

Lo peor es que al cliente lo hacen sentir “como rey”, hasta con su slogan de “como tu quieras” y no queda de otra más que agradecerles y regresar pronto.

Podría criticar y con fundamentos a ese imperio de las hamburguesas, pero sigo comiendo allí algunas ocasiones, a pesar de haber visto Super Size Me varias veces.

Entonces, por un lado está el proporcionar a las personas las dos versiones de los hechos, para que con base en ello tomen sus propias decisiones, y por el otro está una interrogante que ronda en mi mente a cada rato:

¿Hasta donde la actitud que tenemos como periodistas en formación es real y hasta donde sólo es una pose?

Por una parte como persona que pretende tener un acceso a los medios está el orientar a la gente para lograr el bien común, pero por otro se cae muchas veces en las mismas actitudes y vicios que se critican.

Las paradojas están presentes y como no hay una salida pronta a este asunto, el camino fácil es decir… ¡a la burger!

martes, 27 de abril de 2010

Colosal y nostálgica

En una tarde dominical que es para muchos feliz y para otros tantos depresiva, en el Centro Histórico de la ciudad capital, la calle de Perú comienza a nutrirse de gente alrededor de las cuatro de la tarde. Contrasta con otras calles aledañas en cuyo pavimento sólo transita algún despistado peatón y uno que otro coche.

Pero ¿qué hay allí que atrae a tanta gente, quienes parecen abejas en panal? Al ubicarse frente al número 77, se tiene la respuesta; una construcción que es colosal y nostálgica al mismo tiempo: la majestuosa Arena Coliseo.

Pese a la cantidad de maquillaje que tiene, “doña Coli” no puede ocultar aquellas arrugas (grietas) que se forman en su pared exterior, aunque es de reconocerse lo bien conservada que está casi en su séptima década de vida. Algunos carteles anunciando a los gladiadores de moda sirven para que su fachada se haga más atractiva.

Personas que “religiosamente” acuden a los tradicionales, pero cada vez más en desuso “Domingos de Coliseo” muestran en su cara una mezcla de alegría y tristeza.

Alrededor manteados de colores hacen aún más atractiva esa zona de la calle cuyo nombre refiere al país sudamericano donde otrora habitaban los Incas. Máscaras multicolores, sonidos estruendosos promoviendo la canción que usa tal o cual luchador en su ingreso al cuadrilátero. Las tradicionales, aunque no tan sabrosas pepitas envueltas en el programa de la función. Los revendedores corpulentos que se paran justo enfrente de las taquillas y las obstruyen casi en su totalidad, haciendo difícil su ubicación para los más neófitos de los asistentes. Todo ello produce emociones encontradas en aquellas personas que se dan cita al lugar.

Ya adentro, esas emociones encontradas se mantienen. Los espectadores ingresan con cuidado, como si guardaran cierto respeto por aquel recinto, incluso más del que pudieran guardar en una iglesia.

Se cuida mutuamente la integridad; parece haber un acuerdo no expreso: si ellos no le hacen daño a la Arena, ella tampoco les hará alguno.

El olor a viejo que se percibe de por sí en el centro capitalino, en el interior de la Coliseo se intensifica. Poco a poco se va combinando con otros aromas: tortas, palomitas y demás alimentos que se venden en el interior, con el de personas que llegan perfumadas a ocupar su lugar y el de aquellos que no tuvieron tiempo o ganas de pasar por la regadera.

Se escucha una música que hace retumbar aquel lugar, mientras un hombre trajeado con un micrófono sube a ese ring, que es el centro de atracción para todas las miradas en los tres niveles de construcción de ese edificio (general, balcón y gradas) e incluso para aquel en el que ya no hay público, pero donde en las épocas de mayor apogeo lo hubo: gayola.

El hombre trajeado anuncia el primer encuentro; todo está listo para que los luchadores hagan lo suyo y pongan a vibrar a los asistentes. Por el pasillo principal los gladiadores van apareciendo poco a poco.

Cuando la función termina, todos quieren salir, aquel bullicio va desapareciendo lentamente, al ritmo que los aficionados van saliendo y los puestos de manteados multicolores se vuelven a reactivar.

De repente la gente desaparece, sólo puede verse a los vendedores de los puestos recogiendo sus mercancías y a los trabajadores de una televisora levantando el equipo que usaron para transmitir la función.

La Arena Coliseo se encuentra nostálgica, pues ahora los aficionados prefieren a su hermana menor (la Arena México), que, paradójicamente, es más joven en edad, pero mayor en tamaño. Atrás quedó cuando ella era la reina y alojaba en su interior dos funciones de lucha libre por semana (martes y domingos), pero ahora sólo la visitan una vez e incluso hay semanas que la dejan “plantada”, pues visitan precisamente a su hermana hasta en tres ocasiones semanales (martes, viernes y domingos).

Uno de los deseos más intensos de “doña Coli” es no correr con la misma suerte que tuvo su primo hermano, aquel imponente coso de Naucalpan: El Toreo de Cuatro Caminos, que hace un par de años se fue (lo fueron) para nunca más volver.

Tendrá que pasar una semana más en el olvido, añorando que llegue otro domingo (y que su hermana no sea favorecida), para volverse a sentir importante una vez más.

jueves, 25 de marzo de 2010

Hasta la madre del Bicentenario

Estoy hasta la madre del Bicentenario, afirmación algo arriesgada por la cual hasta se me puede acusar de no ser patriota, y sí, estoy hasta la madre del Bicentenario, pero no del motivo a conmemorar (los 200 años de la Independencia de México), sino de todo lo ahora bautizado como “Bicentenario” y de la gente oportunista peleándose por impulsar un festejo.

Se habla del Circuito Bicentenario, de la Línea 12 del metro: la línea del Bicentenario, del Museo del Bicentenario y hasta del torneo de futbol del Bicentenario, vaya, hasta la Coca Cola sacó unos envases conmemorativos del Bicentenario.

Para acabarla de amolar enciendo la televisión y están pasando una película llamada El hombre bicentenario, aunque no tiene relación alguna con la conmemoración mexicana, sí tiene ese molesto nombre tan irritante: “Bicentenario”.

Amo a este país; gozo y sufro lo en él vivido, es el lugar en el cual he nacido y donde probablemente también moriré. Sin embargo, me niego a aceptar el repentino y oportunista festejo por parte de muchas personas y la mayoría de los medios de comunicación, creyéndose muy patriotas, entre otras cosas inflando una selección de futbol y sólo vendiendo una esperanza.

Pugnando por un festejo “muy mexicano”, aunque por otra parte, en los momentos decisivos en los asuntos del país apoyan más a lo extranjero y se muestran abiertamente malinchistas.

Ya vendrá septiembre, hora de sacar las banderitas tricolores, los sarapes, comer tamales, sopes, tacos, pambazos, quesadillas y demás antojitos mexicanos y hasta de dejarse el bigote.

Pero en realidad habrá un festejo hueco para aquellos analistas de lo acontecido en este país día con día: los miles de muertos caídos en la guerra contra el narcotráfico, la gente desempleada, la delincuencia, la violencia.

Mientras tanto en los medios se nos incitará al festejo, ¿hay motivos para festejar?, tal vez, pero también es cierta la existencia de otros aspectos relevantes ante los cuales no debemos mostrar indiferencia.